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Vivir más despacio es vivir mejor

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¿Te has planteado en alguna ocasión cuáles son las áreas de tu vida con las que no estás satisfecho-a? En épocas de cambio o de transición, muchas veces reflexionamos sobre qué cambios nos gustaría hacer, o qué aspectos de nuestra vida queremos mejorar.

Ser más paciente, pasar más tiempo con mis hijos, discutir menos, hacer más ejercicio, leer más, comer mejor,  pasar menos tiempo con el móvil… ¿Alguno de estos “buenos propósitos” te suenan familiares?

En realidad, muchos de los propósitos de mejora que nos fijamos son simplemente pequeños momentos de malestar que tenemos día a día, y con los que no estamos conformes.

Y es frecuente que nos propongamos mejorarlos uno a uno, ignorando que en muchas ocasiones, todos esos síntomas de malestar son parte de un mismo problema, y tienen un denominador común.

Vivimos en la cultura de la prisa. Es habitual que tengamos poco tiempo para realizar las tareas del día a día, y que de forma frecuente, las hagamos atropelladamente o con estrés.

Revisemos los “buenos propósitos” que enumerábamos al principio:

Las prisas y el estrés conducen al agotamiento, la fatiga, y la sensación de estar permanentemente sobrepasados. En este estado, es fácil que nos sintamos irascibles y que tengamos menos paciencia.

Vivir con prisas, con las revoluciones a tope día tras día, apagando objetivos, calmando urgencias, haciendo malabares para llegar a todo, obviamente, tiene consecuencias en quienes nos rodean. Respecto a nuestros hijos, a veces les exigimos que ellos se amolden a este ritmo de vida, estirando sus horarios (saturándolos con extraescolares y actividades), y después, en el espacio que compartimos con ellos, les exigimos que funcionen a la perfección, como pequeños robots, en los horarios que les tocan. Ahora al coche, ahora al colegio, a cenar, a dormir… Muchos de los conflictos que surgen en casa parten de no tener tiempo disponible para la interacción positiva, fuera de horarios y rutinas.

Cuando instauramos esta pauta de dedicar unos minutos al día a vivir al ritmo del niño, y comenzamos a utilizar el refuerzo positivo (elogiar las conductas que son deseables y saludables para él), nos encontramos con que muchos de los momentos de discusión, simple y llanamente, desaparecen.

Esto se debe a que el clima en casa ha cambiado. Es difícil que todo fluya de forma apacible cuando llevamos un ritmo de vida tan acelerado, que genera crispación.

Vivir acelerados también tiene consecuencias sobre nuestra salud física, evidentemente: viviremos con mayores niveles de cortisol en sangre (la hormona del estrés), y permanentemente activados por nuestra producción de adrenalina. Nuestro cuerpo está diseñado para activar esta respuesta de estrés de forma aguda, es decir, a corto plazo, para momento puntuales en los que interpreta que debemos hacer frente a alguna amenaza.

Sin embargo, no está preparado para el desgaste que supone una activación crónica. Por ello, cuando llevamos demasiado tiempo sometidos a esta presión, el cuerpo comienza a manifestar una serie de señales de malestar que nos alertan de que hemos pasado la frontera de lo saludable: es lo que llamamos somatizaciones (si te interesa el tema, tenemos una entrada dedicada a ellas, aquí) .

Estas señales de malestar son inespefícas, intermitentes, y suelen aparecer a toro pasado, es decir, en momentos de descanso no relacionados con el episodio de estrés. Puede ser una leve taquicardia, una sensación de calor, una punzada en el estómago, o un dolor en el pecho, el que nos haga alarmarnos y pensar que algo no va bien.

En realidad, las somatizaciones no son peligrosas, pero cómo solemos afrontarlas a menudo recrudece el problema: tendemos a meter más actividad en nuestra rutina, para alejarnos de los momentos de descanso donde todos los pensamientos negativos y las sensaciones físicas desagradables parecen aparecer de repente.

Una vida acelerada merma nuestra capacidad para convivir con nuestros pensamientos, y para resistir a las preocupaciones, relativizándolas o normalizándolas. Tendemos a ser más obsesivos y a preocuparnos mucho más que cuando estamos calmados, como es lógico. Incluso en momentos de placer, donde estamos relajados disfrutando de la familia o de una buena cena con amigos, el exceso de velocidad en nuestros pensamientos nos lleva a estar continuamente anticipando: qué haré mañana, cómo voy a resolver el problema que tengo en el trabajo, etcétera, impidiéndonos disfrutar plenamente del presente.

Por ello, en muchas ocasiones, a este desgaste físico se añade un desgaste psicólogico. Sorprendemente, estamos fantásticamente habituados a convivir con estos “pequeños males”. Es frecuentemente por ejemplo sufrir bruxismo, migrañas, o ir al fisio con cierta regularidad porque tenemos contracturas en los músculos.

Hemos normalizado estas pequeñas averías del día a día, y es habitual que busquemos remedio para los síntomas, pero nunca para lo que los causa. En estos días, es frecuente escuchar parches, y en las redes sociales, que veamos charlas de cómo cambiar el chip, como ser felices, cómo pensar de otra manera, cómo vivir el presente, cómo ser positivos…

La realidad es que una vez hemos acabado el libro, o escuchado la charla, volvemos a la dinámica de siempre y esos consejos de varita mágica se diluyen. No existen remedios mágicos, ni atajos. De la misma forma que no existe una píldora que transforme nuestro cuerpo, o una charla que haga que cambiemos nuestros hábitos nutricionales de la mañana a la noche, por ejemplo, la autoayuda no va a hacer que cambiemos nuestros hábitos ni nuestros comportamientos.

¿Entonces qué hago? Se preguntarán muchos. Pues bien, la respuesta parece obvia: en primer lugar, si no puedo cambiar solo, necesito un profesional que se dedique a la terapia de conducta. Una persona externa que me ayude a cambiar mis hábitos, rutinas, y en definitiva a transformar mi vida.

Y en segundo lugar, tenemos que tener claro que vivir más despacio consiste en dedicar más tiempo a las cosas que nos hacen felices, y a aprender a delegar, bloquear, o dejar de lado el cúmulo de tareas sin sentirnos obligados a hacerlas todas a la vez (el cerebro no está diseñado para funcionar en modo multitarea).

Esto, aunque sea poco sexy, es cierto: a veces tendremos que practicar el noble arte de la renuncia. Es decir, que tengo que dejar de exigirme llegar a todo. Contestar mails de trabajo en el móvil en un semáforo mientras llevo a mis hijos al cole no me hace más eficaz, me hace más infeliz.

Por lo tanto, elige a qué cosas quieres llegar, e invierte tu tiempo en ellas. A lo demás, renuncia, o prográmalo para otro día. Merecerá la pena

¡Hasta la semana que viene!

  • PD: Si os interesa este tema, os recomendamos el libro “Elogio de la lentitud”, de Carl Honoré.