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Qué podemos hacer para acabar con el acoso escolar

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El acoso escolar es uno de los fenómenos que más alarma social está generando actualmente en nuestra sociedad. Con demasiada regularidad, encontramos en los medios de comunicación noticias de niños que han sufrido acoso, relatando las vejaciones y agresiones que han sufrido durante años. También, de tanto en tanto, aparecen noticias que hablan de las sanciones -acertadas o no- que se han impuesto contra acosadores o contra los centros educativos donde se han producido los hechos. Y desgraciadamente, también asistimos a los testimonios de padres que denuncian que han perdido a sus hijos, los cuales, después de soportar durante demasiado tiempo este infierno, se han quitado la vida.

Todas estas noticias, este eco informativo acerca de un fenómeno complejo como el del acoso escolar, fijan su foco de atención en el acoso una vez ya se ha producido. Hablan de las secuelas que han quedado, de las medidas que se han intentado tomar, o de las personas que lo sufrían. Esto es, precisamente, lo que denuncian las familias de los menores afectados. Las medidas son reactivas, nunca preventivas, por lo que una vez el centro educativo o las autoridades emprenden acciones, éstas llegan demasiado tarde, o son insuficientes.

Si queremos erradicar esta lacra de las escuelas, inevitablemente tendremos que fijar nuestra atención, y poner todos nuestros esfuerzos en la prevención. En evitar que se produzca el acoso, y crear mecanismos y cauces para que los alumnos resuelvan sus conflictos de forma sana y no violenta. Esto, que puede parecer una utopía, es una realidad palpable en países donde se han tomado medidas al respecto. Un caso paradigmático y extensamente documentado es el de Finlandia, donde se desarrolló el método KiVa, una herramienta de convivencia escolar que redujo las tasas de acoso escolar en un 80% durante tan solo un año de aplicación. ¿En qué consiste este método, y cómo se lograron unos resultados tan notables? Centrémonos pues, en las soluciones:

En primer lugar, se instruye a los alumnos -en los años clave en los que se ha registrado mayor prevalencia de acoso escolar- en resolución de conflictos, habilidades sociales, y en contenidos específicos sobre acoso. De esta forma, realizan dinámicas, trabajos y actividades relacionadas con el acoso escolar. No es un tema tabú, sino que desde una edad temprana, se les explica qué puede suceder, y cómo prevenirlo y evitarlo.

¿Por qué es tan importante este punto? Porque diversos programas han demostrado que la eficacia en la prevención del acoso escolar pasa por involucrar a los espectadores, a quienes contemplan o son conocedores de la situación de acoso. No basta con ofrecer ayuda a la víctima, o amenazar con sanciones a los acosadores. Se debe cambiar la cultura, el clima del aula, la forma en la que los niños perciben el fenómeno del acoso escolar.

Un alumno que no ha recibido apoyo social, que no sabe qué es el acoso y al que nadie ayuda cuando lo está sufriendo en clase, puede tender a pensar que lo que le sucede es su culpa, que hay algo negativo en él que justifica que lo traten de esa manera. Se produce miedo, vergüenza y culpa, y estas sensaciones acaban por recrudecer aún más el problema, ya que fruto de esta culpa, se produce una victimización secundaria: el niño no pide ayuda, por miedo a recibir más reproches o a ser ridiculizado. No lo dice en casa, porque no quiere reconocer que está siendo humillado. No lo comenta a los profesores, porque no quiere llevar, además, la etiqueta de chivato. No es consciente de que le sucede algo injusto, y que tiene derecho a pedir ayuda y a que los demás se la concedan, sino que se sume en una espiral de baja autoestima, soledad y tristeza, que hace poco a poco, las consecuencias del acoso escolar que cronifiquen.

¿Qué podemos hacer ante una situación como esta? Como decíamos, es esencial la participación del resto de alumnos. Para ello, en España ya funcionan en algunos centros educativos, iniciativas como la Tutoría Entre Iguales (TEI), que consiste en que alumnos de cursos superiores tutoricen a otros de cursos inferiores. Este modelo prioriza la responsabilidad de los menores en la resolución de conflictos, y para ello se habilitan cauces para que lo lleven a cabo: mesas de medicación, espacios para acudir con la persona que has tenido un conflicto, en presencia de un mediador, y resolver lo sucedido de la mejor forma posible.

Esta metodología tiene múltiples beneficios a la hora de prevenir el acoso escolar: en primer lugar, no estamos intentando que simplemente acaten las normas, o reaccionen ante castigos. Algunas de las sanciones que comentábamos al inicio, pueden generar un cierto malestar en los acosadores, pero no cambian la dinámica de clase. Una expulsión del centro durante unos días, no termina con el acoso. Se trata de darles herramientas a los alumnos para que gestionen sus propios conflictos, pero también, de educarles en valores, para que entiendan que el acoso es algo intolerable.

De esta forma, cuando sucede un episodio de violencia, la víctima cuenta con una red de apoyo, no se siente sola ni nadie ignora lo que le ha pasado. Además, puede tener un papel activo en su resolución, algo que sin duda incrementará su autoestima y le hará sentirse más seguro y respetado. Y por otra parte, la persona que haya ejercido alguna conducta violenta, deja de tener la sensación de impunidad, y silencio, que hasta entonces recibía por parte del resto de sus compañeros, y que sin duda permitía que el acoso siguiera teniendo lugar.

Estas medidas, sin embargo, pasan por cambiar el modus operandi del centro, y desgraciadamente, en la actualidad no siempre son viables. ¿Por qué? Esencialmente, por aspectos legislativos. En España, los centros tienen obligación de contar con un plan de convivencia, pero cuentan con una gran autonomía a la hora de elaborarlo. Éste puede ser, por lo tanto, más o menos ambiguo, efectivo, o científico, en función del centro del que estemos hablando.

Cuando hablábamos anteriormente del ejemplo de Finlandia, el método se desarrolló de la siguiente manera: en primer lugar, se encargó un exhaustivo estudio a expertos universitarios para que evaluasen qué variables incidían en el acoso. Una vez se sabía cómo y por qué se producía, se diseñaron medidas para impedirlo. Y posteriormente, se obligó con una ley educativa, a todos los centros del país, a aplicar el programa.

Sin duda, una asignatura pendiente en nuestro país, pese a los esfuerzos recientes que se van implementando en la lucha contra el acoso escolar -como el teléfono gratuito para las víctimas-, es la de homogeneizar las medidas de prevención y dotar a los centros de formación y recursos para aplicarlas. Hasta que esto no se produzca, desgraciadamente, nos seguiremos encontrando con situaciones de desamparo, inacción, o de medidas cosméticas y de dudosa efectividad contra el acoso escolar, que en no solo no ayudan a las víctimas, sino que en ocasiones acaban por ser incluso contraproducentes.

Pero estos factores no dejan de ser contextuales, y aunque es necesario conocerlos, no siempre los podemos controlar. Así que, una vez conocemos el contexto, cabe preguntarnos, ¿qué podemos hacer? Si como padre o madre te encuentras en esta situación, aquí van algunas pautas que pueden servirte de ayuda para afrontar esta situación.

No sobrerreacciones: como hemos comentado, pedir ayuda es un paso difícil para los niños. Si tu hijo o hija anticipa que vas a reaccionar de forma muy explosiva, es posible que decida no contártelo, por miedo a las consecuencias.

No minimices la situación: demasiado a menudo escuchamos las frases es cosa de niños. Si bien reaccionar de forma desmesurada es un error, no tomar en consideración las señales de alerta que te transmita tu hijo/a, también lo es.

Presta atención a posibles indicadores: en la mayoría de ocasiones, ya se habrán producido síntomas que pueden alarmarnos de que algo no está funcionando bien. Si detectas que su estado de ánimo ha cambiado, que se encuentra apático o desmotivado, que reacciona de forma más irritable o agresiva, que experimenta ansiedad al ir al colegio, o que intenta no ir por todos los medios, estas señales podrían ser indicios de acoso escolar.

Ayúdale a comunicarse: transmítele aceptación incondicional, tu apoyo pase lo que pase. Busca momentos en común para hablar de cómo le van las cosas en clase, con sus amigos, de cómo se siente. Empatiza con él, y valida como se siente. En ocasiones, podemos cometer el error de, para animar al niño, animarlo a sobreponerse, o a afirmarse con palabras positivas, que en lugar de generar bienestar, lo que le provocan es incomprensión. Acepta que se sienta mal, y házselo saber.

-No alientes conductas agresivas:  animar al niño a ‘devolver’ las agresiones o a comportarse de la misma forma que quienes le acosan, no es una estrategia útil ni que vaya a revertir positivamente en su autoestima. Aunque a corto plazo pueda resarcir al niño, lo que le estamos transmitiendo a largo plazo es que la agresión es una herramienta útil para adaptarse, y que lo que prima en la vida es ser el más fuerte. Este aprendizaje puede suponer un riesgo a la hora de que el niño se comporte como acosador en el futuro, para prevenir que otros le hagan daño.

De acuerdo, ya sabemos que puede ser contraproducente a la hora de afrontar una situación de acoso escolar. Ahora bien, ¿qué puede ser realmente útil? ¿Qué podemos hacer? Las siguientes pautas pueden ayudarte:

Acota el problema: el acoso escolar no es sinónimo de conflictos interpersonales. Para que hablemos de acoso, las conductas agresivas deben ser persistentes, dirigidas al menor en concreto de forma reiterada, y con un desequilibrio de poder entre el acosador y la víctima. Si tienes dudas de hasta qué punto el problema de tu hijo puede constituir acoso, no dudes en solicitar una evaluación de un profesional de la psicología especializado en acoso escolar.

Ponte en contacto con el colegio: es el primer paso que los padres suelen dar. No obstante, es frecuente que el centro no esté al tanto de la situación. Es habitual que las conductas de acoso se produzcan en ‘puntos ciegos’ donde no hay profesores o adultos que puedan intervenir. Apórtales información sobre lo que está sucediendo, y exige medidas preventivas.

Ponte en manos de un profesional de la psicología: para trabajar las posibles secuelas de las situaciones de acoso: un buen plan de tratamiento debe fijarse como objetivos el mejorar el estado de ánimo y la autoestima del niño, reducir la ansiedad ante situaciones de riesgo, y practicar habilidades sociales para afrontar estas situaciones de forma más segura, para limitar el alcance del acoso (ignorar provocaciones, pedir ayuda).

-En caso de que el acoso se haga extensivo a redes sociales, guarda todas las pruebas de los mensajes, vídeos, o redes sociales a través de las que tu hijo/a esté recibiendo vejaciones. Haz capturas de pantalla, o descarga los contenidos para tener pruebas de lo sucedido. E inmediatamente, bloquea a todos los usuarios que viertan este tipo de mensajes.

-Si se confirma la situación de acoso, pide al centro que se ponga en marcha el plan de convivencia. Los centros deben tener vías para gestionar estas situaciones, y las Consejerías de Educación cuentan con formación para profesores, recursos, y protocolos específicos para instaurar en el aula. Como mencionábamos anteriormente, su celeridad y eficacia, en muchas ocasiones, depende de factores externos que no podemos controlar, siendo habitual que se dé un cierto “vacío”, en el que las medidas no acaban de llegar.

Ante este contexto, tanto los padres del menor afectado como el propio centro, pueden recurrir a profesionales de la psicología, que apliquen los programas de prevención del acoso en el propio centro, en la misma aula donde están teniendo lugar los hechos. Estos planes, basados en experiencias con evidencia empírica, tienen una frecuencia periódica, involucran tanto a profesores y padres como a alumnos, y constan de seguimientos para comprobar que la situación ha cambiado y el acoso se ha extinguido, durante todo el curso escolar. Por ello, si te encuentras en una situación de indefensión en la que no cuentas con recursos a tu alrededor, o el acoso escolar se cronifica, un psicólogo especializado puede actuar tanto como terapeuta del menor, para los objetivos de su desarrollo, como un enlace entre los padres y el centro educativo, y proponer soluciones a ambos, que resuelvan el problema de forma eficaz, tanto en el aula como en casa.


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