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La trampa de la felicidad demorada

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El éxito es comúnmente una de las cosas que más asociamos al concepto de felicidad. De hecho, muchas veces es frecuente que escuchemos a personas utilizar ambos términos como intercambiables, aunque no siempre sean conscientes de ello.

El éxito es un concepto difuso, y puede variar en cada persona. Pero es un término muy influenciado por variables culturales: es decir, que normalmente percibimos como éxito las cosas que en nuestro contexto son deseables, o que se premian socialmente.

Por ejemplo tener un buen trabajo, tener dinero disponible, viajar, tener una buena vida social, tener un buen coche, una familia, estar en forma… Parecen simples objetivos (y de hecho lo son), pero normalmente, son símbolos de estatus, que perseguimos para lograr la aprobación de los demás o para adaptarnos mejor a nuestro entorno.

Como os decíamos en el último artículo del blog, muchas veces estos objetivos no los hemos elegido personalmente, sino que nos dejamos llevar por la inercia y por eso, aún consiguiéndolos, no nos sentimos tan felices como esperábamos.

Algunos de los objetivos que nos marcamos no son tan obvios ni tan materialistas como los que hemos enumerado más arriba, pero en general, tienen que ver con la mejora personal. Con el progreso. Con estar mejor que antes. Como decimos siempre, esto no tiene nada de malo, pero en muchas ocasiones, los árboles no nos dejan ver el bosque, e imbuidos en la vorágine de progresar, trabajar, conseguir… perdemos la perspectiva y acabamos demorando lo verdaderamente importante.

Resumiendo: lo urgente no nos deja apreciar lo importante.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con la felicidad? Pues básicamente, que es muy frecuente que asociemos una cosa con la otra: es decir, éxito con felicidad. El lograr un objetivo X, con el (por fin) tener una vida plena y ser felices.

Es como si persiguiésemos que la vida estuviera completa. El diálogo interno que solemos tener es algo parecido a esto: Cuando consiga perder peso, entonces todo estará perfecto. Cuando encuentre piso, seré feliz. Cuando me asciendan, se acabarán mis problemas. Cuando complete mis estudios, entonces me sentiré seguro.

Muchísimas veces hacemos este tipo de asociaciones: de lograr algo, con sentirnos de una determinada manera. Este tipo de pensamiento bien se podría denominar pensamiento mágico, ya que la correlación entre ambas cosas no se sostiene. Muchas personas emprenden algún tipo de cambio con la esperanza de cambiar su forma de sentirse.

Cambios físicos, estéticos, o de residencia… cambios “radicales”, a veces, esperando obtener un resultado igual de radical. ¿Y el resultado? Normalmente, la sensación es muy parecida a la de estar corriendo dentro de una rueda, como un ratón. Es decir, hacemos un gran esfuerzo, pero el resultado no nos conduce a ninguna parte.

¿Por qué? Veamos algunas claves:

  1. Rigidez y baja tolerancia a la frustración: nos fallan habilidades de aceptación de que las cosas no siempre se van a ajustar a nuestras expectativas. La vida (salvo esos momentos puntuales) no está completa, es cambiante, y siempre habrá áreas con las que estemos más y menos satisfechos.
  2. Gestión de prioridades: si todo el tiempo que invertimos en perseguir afanosamente esos objetivos lo invirtiésemos (o al menos una décima parte) en promover hábitos preventivos para nuestra salud, quizá descubriríamos que el orden es a la inversa: que la felicidad no va después del éxito, sino antes.

Quizá, si tuviésemos que resaltar un mensaje esencial en este artículo, sería éste.

  1. Que un buen cambio para tu salud es dejar de asociar los logros con el bienestar emocional, porque como decíamos, no tienen nada que ver: si quiere sentirte más seguro, o hablar mejor en público, invierte tu tiempo en aprender a hablar mejor en público, o a resolver tu inseguridad. Porque puedes conseguir el ascenso, el cambio físico, o cualquier otro objetivo, y continuar sintiéndote como te sientes ahora (o incluso más frustrado, porque tienes la sensación de que tanto esfuerzo no te ha reportado la sensación que esperabas).
  2. Que las actividades deben ser un fin en sí mismas: es decir, las realizo porque me hacen feliz, no porque me conducen a una felicidad demorada. No con vistas a un gran cambio a largo plazo, sino a cómo me quiero sentir hoy.
  3. Programa pequeñas actividades sencillas. Algo fácil y a corto plazo, pero que sea inamovible en tu agenda. A largo plazo, este tipo de conductas se transforman en hábitos, y los hábitos son mucho más útiles que los “cambios radicales”.

¿Y tú? ¿Te sientes reflejado con esta trampa de la felicidad demorada? A todos nos sucede, lo importante es identificarlo para evitar caer en la espiral de perseguir objetivos para sentirnos mejor con nosotros mismos. El bienestar emocional nunca debería ser una hipotético horizonte que quizá algún día, si todo cuadra y los planetas se alinean, consigamos, sino que tiene que ser la base desde la que empezamos a construir todo lo demás.

                  No postergues tu felicidad, ni la dejes para mañana. Elige ser feliz hoy.

¡Feliz semana!