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Falsos mitos sobre la felicidad

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En los últimos tiempos, se han popularizado técnicas que tiene su base en la Psicología, especialmente la Psicología Positiva, orientadas a la búsqueda de la felicidad.

Por una parte, es muy útil y reivindicable que la psicología no se encarga solo de la psicopatología, o de situaciones extremas –argumento que se esgrime habitualmente desde sectores menos regulados y difusos, como el coaching-, y que se puede enfocar la terapia como un proceso de crecimiento y de aprendizaje de nuevas herramientas con las que mejorar nuestra vida.

Sin embargo, este fenómeno de búsqueda de la felicidad también ha generado falsas creencias, o tópicos sobre la felicidad y sobre cómo alcanzarla, de forma que en última instancia, es muy frecuente que esta búsqueda acabe siendo más perjudicial que beneficiosa para quien sigue estos consejos del positivismo extremo. Bien orientados, los postulados de una psicología que persigue la mejora personal son perfectamente válidos, pero llevados al extremo, nos pueden llevar a adoptar actitudes muy poco saludables.

Veamos a continuación algunos de los falsos mitos más comunes sobre la felicidad.

  1. Felices para siempre: a través de las redes sociales, especialmente, pero también en la publicidad o en la televisión, muchas veces recibimos mensajes de vidas perfectas, plenas, de personas que se sienten bien todo el tiempo. Este es uno de los mitos más frecuentes, que a veces asumimos tácitamente, pero que es radicalmente falso: la felicidad no es el estado natural de los seres humanos. De hecho, estamos programados para fluctuar, en un proceso que se conoce como homeostasis: nuestro cuerpo modifica su actividad para corregir los desequilibrios que se producen en el organismo. Por ejemplo, cuando tenemos hambre o ganas de ir al baño, se activan sensaciones físicas que nos alertan de que debemos tomar medidas para volver al equilibrio. Por el mismo motivo, por ejemplo, tenemos emociones desagradables, que nos activan a realizar cambios cuando algo es indeseable o no nos gusta en nuestras vidas. Minimizar las emociones negativas, negarlas o enmascararlas, no solo no sirve para nada, sino que demora el problema y lo cronifica, en lugar de orientarnos a soluciones prácticas. La aceptación de este fluir de emociones es una estrategia mucho más útil que el control de las mismas.
  2. La felicidad demorada: especialmente común cuando atamos la felicidad asociándola a objetivos. Nos sentimos exhaustos, cansados, abatidos, pero continuamos manteniendo los mismos esquemas y hábitos de vida continuamente, pensando en una felicidad demorada: cuando me asciendan, seré feliz… cuando ahorre dinero estaré bien… si consigo ponerme en forma encontraré pareja,… Etcétera. En general, esto es un error porque aunque incluso cuando logramos alcanzar el objetivo, la descarga de placer que sentimos es momentánea, y es frecuente que volvamos a estar insatisfechos al poco tiempo, fijándonos en nuestro próximo objetivo. Los logros son gratificantes, pero no dan plenitud ni sentido a la vida. Una vez la novedad se desvanece, volvemos al punto de partida. La realización personal es más efectiva si nos centramos en acciones que sean un fin en sí mismas. Hacer deporte por ejemplo, porque te divierte o te hace sentir mejor, pero no exclusivamente vinculado a un objetivo o a un logro específico.
  3. Si no eres feliz, estás defectuoso: un producto de lo que se ha llamado “tiranía de la felicidad”. En general, consiste en creernos esa premisa que a veces parece que nos trasladan los muros de Facebook o los perfiles de Instagram de amigos, conocidos y famosos, de que todo es perfecto siempre. Por lo tanto, si nos creemos esta imagen irreal, podemos tender a sentirnos culpables por no ser felices. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Es que hay algún defecto en mí, algo que no funciona bien? Empezamos a rumiar este tipo de pensamientos, obsesionándonos con la felicidad, y a menudo, entrando en una espiral depresiva que paradójicamente, nos hace de todo menos felices.
  4. La felicidad va asociada a factores externos que no podemos controlar: por ejemplo, es frecuente escuchar que el dinero da la felicidad (o que ayuda bastante). O al revés, que si uno ha heredado genéticamente su carácter, y es negativo y pesimista, está inhabilitado para ser feliz. En realidad, los estudios han demostrado que una vez cubiertas las necesidades básicas, y a partir de un umbral de ingresos, las personas más ricas tienen los mismos problemas que los que no lo son. Respecto a la genética, se han realizado estudios comparativos con miles de gemelos, comparando sus niveles de felicidad percibida, y los resultados no corroboran que la felicidad esté determinada por variables genéticas, sino que la gran variabilidad entre unos y otros determina que la felicidad también depende en gran medida de factores que pueden aprenderse y entrenarse.

Algunos de estos mitos siguen presentes en nuestro ideario colectivo, pero una vez que ya sabemos qué cosas no son ciertas sobre nuestra felicidad, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo acercarnos a ese ideal que proyectamos en nuestras mentes?

Para empezar, conviene no obsesionarse demasiado. Como decíamos al hablar del primer mito, hay que cultivar la aceptación, y a aprender a gestionar nuestras emociones negativas, nuestra ansiedad, ira, o tristeza, sin culpabilizarnos o exigirnos ser super-hombres o super-mujeres, que ni sienten ni padecen. Tenemos derecho a experimentar malestar, y de hecho, es saludable que lo hagamos.

Y por otro lado, deberíamos dejar de lado convenciones sociales que a menudo vienen impuestas (las fórmulas o recetas para la felicidad, que se trasvasan de una persona a otra) e impermeabilizarnos de los mensajes irreales que muchas veces nos trasladan las redes. Una vida plena y realizada pasa por vivir de acuerdo a tus valores, por dedicar más tiempo a lo que te hace sentir bien, y porque tus acciones vayan alineadas con aquello que piensas. La receta de la felicidad no será la misma para una persona tranquila, que ama la naturaleza y que quiere irse a vivir a un bosque, que para el anfitrión que adora montar fiestas y estar rodeado de sus seres queridos.

Como decimos en muchas ocasiones, cada uno tiene su propia brújula. A veces, lo único que hay que hacer es bajar un poco el ritmo frenético que llevamos en el día a día, y buscar espacios para escucharla.

Esperamos que esta entrada os haya resultado útil, ¡os esperamos la semana que viene con más psicología! Un saludo.