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Enfados: errores que cometemos al gestionarlos

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Vivimos en la era de la información, tenemos a golpe de clic disponible una vasta hemeroteca para acceder a cualquier tipo de conocimiento a nuestro antojo. Sin embargo, es frecuente que en muchos momentos de cambio en nuestras vidas, hayamos llegado a una etapa sin saber muy bien qué tenemos qué hacer, o cómo tenemos que actuar.

Ser padres es una de estas situaciones. Aunque tengamos a nuestra disposición cantidad de libros, manuales, blogs o recursos a nuestro alcance, la realidad es que ser padres es un aprendizaje cotidiano que vamos a adquirir a través de la experiencia directa.

Y por ello es frecuente que en algunos momentos, y a medida que los hijos crecen, nos encontremos con multitud de cambios y situaciones inesperadas que no sabemos manejar. Es en estos momentos donde entramos en espiral de ensayo-error, empleando estrategias que no son útiles, pero que repetimos una y otra vez porque no tenemos una alternativa para gestionar las situaciones de otra manera.

Por eso hoy vamos a ver alguno de los errores  más típicos que solemos cometer con nuestros hijos, especialmente, en la gestión de conflictos o de disciplina:

Repetir las normas una y otra vez: esto suele ocurrir en casi todas las edades, tanto si hablamos de niños pequeños como de adolescentes. Lo cierto es que es una conducta que genera mucho desgaste, tanto a los padres como a los niños. En lugar de anticipar las consecuencias para esa conducta, o de retirar la atención del niño y aplicar los límites hemos pautado en casa, nos enzarzamos en repeticiones que acaban por generar conflictos y discusiones.

Darle demasiada información: en consonancia con el punto anterior, muchas veces ante una rabieta o una discusión, intentamos racionalizar y argumentar lo que sucede, intentando convencer al niño. Debemos saber que en ese momento de estrés o de enfado, el niño no va a interiorizar nada de lo que le digamos. Además, estamos impidiendo que la situación se enfríe, y que el enfado se alargue, generando más frustración tanto al niño como a los padres.

Perder los nervios: gritar, amenazar, y perder los estribos en general, tiene consecuencias nada positivas. En primer lugar, por el malestar que genera, pero es que además, ser viscerales impide que el niño reflexione sobre las consecuencias de su conducta, o sobre por qué ha estado mal lo que ha hecho, ya que lo único que va a comprender en ese momento, es lo enfadados que estamos con él. Además, en estos momentos corremos el riesgo de decir cosas que afecten a su autoestima, o que después, nos arrepintamos de haber dicho.

Hacer lo que le hemos prohibido: somos sus modelos. Sin embargo, es frecuente que realicemos conductas que después, le pediremos a nuestro hijo que no haga. Por ejemplo, gritarle para que deje de gritar, o pedirle que no esté todo el día mirando el móvil, mientras nosotros leemos un email cuando nos está hablando.

Mostrar desacuerdo entre los progenitores, delante de él: es normal que en algunas ocasiones aparezcan diferencias de criterio entre los padres, pero no tenemos que trasladárselo al niño. Si discutimos delante de él, lo que conseguiremos es que recurra a solo a uno de nosotros cuando quiera conseguir algo, generando fricciones entre los progenitores.

Críticas o comparaciones: muchas veces, con la intención de motivar al niño, hacemos comentarios del tipo “mira a Antoñito, que tranquilo está”, “mira a Juanita, qué bien se porta”, y otros similares. Al contrario de lo que pretendemos, no solo no vamos a motivar al niño, sino que le podemos generar más presión, y afectar a su autoestima. Es mejor animarle y reforzar incondicionalmente, y darle consejos de forma constructiva.

Ceder: pongamos que hemos decidido no comprarle un dulce a nuestro hijo, aunque lo está pidiendo insistentemente. Al final, la situación es cada vez más insostenible, y decidimos comprárselo para que deje de llorar y de patalear. Ceder una vez que ya hemos anunciado nuestra decisión, solo va a reforzar esta conducta y hará que suceda más. Además, a veces lo hacemos de forma intermitente: por ejemplo, comprando el dulce los días que me encuentro sobrecargado y tengo menos paciencia, y no comprándolo los días que estoy más tranquilo. Así, lo que conseguimos es que el niño siga intentándolo, porque la norma es arbitraria, y realmente es incapaz de anticipar si hoy vamos a comprarle el dulce o no.

Amenazar con castigos: también es frecuente amenazar en un momento de estrés, con un castigo que en realidad no pensamos aplicar, y que además, suele estar difuso y lejano en el tiempo. ¡Este fin de semana no vas al cumpleaños de tu amigo! ¡Si sigues así nos vamos a casa! y otras frases similares, son del todo inútiles, y lo único que logran es que el niño asimile que lo que decimos no se cumple.

En general, y si tuviéramos que quedarnos con un concepto claro, sería éste: es preferible que seamos firmes en nuestros límites y en la aplicación de normas, pero asépticos y neutrales en el tono en el que las aplicamos. Por el contrario, muchas veces somos laxos en nuestros límites, que se van modificando, pero los aplicamos con visceralidad y aspavientos, porque estamos sobrecargados.

No te frustres ni te exijas demasiado, la crianza es un aprendizaje, y como hemos dicho al inicio, de la misma forma que los niños evolucionan y aprenden día a día, también lo hacemos nosotros como padres. Permítete cometer errores y aprende de ellos, y disfruta de la experiencia tan emocionante que es ver crecer a tu hijo. En una palabra: disfrútalo.

¡Hasta la semana que viene!