Loading...

Claves para un apego seguro

Home / Infantil / Claves para un apego seguro

En las últimas semanas, como sabéis, hemos dedicado nuestra actividad en redes sociales a hablaros del apego seguro. El apego es el vínculo emocional que uno al niño con sus progenitores, y que se forma en los primeros meses y años de vida.

¿Por qué es tan importante? Seguro que habrás oído a muchos papás y mamás decir: “Me da igual lo que sea en el futuro, lo que quiero es que sea feliz”. Pues bien, aunque el apego comenzó siendo una teoría (desarrollada por el psiquiatra infantil John Bolwby, quien empezó sus estudios con húerfanos de la Segunda Guerra Mundial), en la actualidad los estudios cientoficos corroboran que el tipo de apego que establezcamos con nuestros hijos en sus primeros años, repercutirá en su salud psicológica a lo largo de todo su desarrollo, hasta la edad adulta.

La teoría del apego de Bolwby fue creciendo en los años 60, y fue continuada por un famoso experimento conductual desarrollado por Mary Ainsworth (la situación extraña, que se basaba en dejar al niño en presencia de un cuidador desconocido, durante unos instantes), dando lugar a lo que llamamos tipos de apego: en principio, podríamos diferenciar entre apego seguro y apego inseguro, y dentro de éste, podemos hablar de apego evitativo, ambivalente, y desorganizado.

En este artículo, nos queremos centrar en el apego seguro, y en cómo fomentarlo. No obstante, y como os decíamos al principio, las consecuencias de un apego inseguro en la edad adulta son patentes, y por ejemplo niños que han sido desatendidos, o que no han tenido un vínculo afectivo con sus figuras paternas, muestran problemas de autoestima, mayor incidencia de dependencia emocional, o relaciones problemáticas con sus parejas en el futuro. De hecho, en los manuales diagnósticos de psiquiatría europea y americana, (la CIE-10 y el DSM-V), respectivamente, este problema de vinculación fue descrito como un trastorno específico, llamándolo trastorno reactivo del apego.

Los niños enmarcados en esta condición, muestran alteraciones del comportamiento como agresividad hacia sí mismos y hacia otros, hipervigilancia, afecto positivo limitado, y otros síntomas que requieren una exhaustiva evaluación psicológica. No obstante, los manuales diagnósticos coinciden en ubicar el origen de este trastorno en una negligencia por parte de los padres o cuidadores, un patrón de cuidado insuficiente.

Por lo tanto, ya hemos visto que el apego y la vinculación pueden tener consecuencias en el desarrollo de la personalidad, el autoconcepto, y en las relaciones interpersonales del niño a lo largo de toda su vida. Aunque el caso extremo de una negligencia o desatención paterna puede generar un tipo de apego desorganizado, la ambivalencia (ser cálidos con el niño y alternativamente, mostrarnos distantes o no afectivos) también puede generar un apego ambivalente, marcado por el apego y el rechazo del niño hacia los padres. Las consecuencias a largo plazo tienden a ser la ansiedad, y una vinculación insegura en las relaciones personales posteriores, marcada por la ansiedad.

Una vez que ya hemos visto las consecuencias indeseables del apego inseguro, vamos a plantearnos, ¿qué podemos hacer para fomentar un apego seguro? Vamos a ver algunos consejos:

  1. Presencia: aunque parezca básico, en este sentido tenemos que desterrar mitos como por ejemplo, que coger al bebé en brazos lo “malcría” o “malacostumbra” o métodos como el Estivill, que proponían dejar al bebé llorar ad infinitum en la cuna. Es preciso atender al bebé, y antes cuanto menor sea su edad. Está demostrado que conductas que se adquieren evolutivamente (dormir solo, autorregularse) no mejoran por dejar que el niño esté solo durante el llanto, ni empeoran por lo contrario, es decir, por ejemplo por dormir con sus papás, o por cogerlo en brazos cuando lo pide. Por lo tanto, el afecto tiene que ser incondicional, y el bebé tiene que notar que estamos ahí, tiene que sentir nuestra presencia.
  2. Disponibilidad emocional: tenemos que estar emocionalmente disponbiles para ello. Es importante conectar con sus emociones, y validarlas. Es frecuente, incluso cuando intentamos hacerlo con la mejor intención del mundo, que acabemos no conectando con emociones o expresiones naturales del niño: por ejemplo, cuando les decimos no pasa nada, es una tontería, los campeones no lloran, eso es de niños pequeños… y un largo etcétera. Es importante colocarnos a su misma altura, mirarle a los ojos y conectar con él: empatizar, validando sus emociones: Entiendo que estés enfadado, pareces muy triste, creo que hay algo que te preocupa… u otras fórmulas para darle a entender al niño que estamos comprendiendo lo que le pasa, son válidas. Tenemos que ponernos en su piel, y entender que para lo que nosotros puede ser un mal menor ,o una “cosa de niños”, para ellos puede ser un reto mayúsculo.
  3. Adapta tu rutina: estos consejos que solemos dar los psicólogos son muy bonitos, pero como digo siempre, tienen unos requisitos que si no cumplimos, no vamos a poder aplicarlos jamás. Y es que necesitamos momentos de interacción, momentos de juego, espacios donde no todo esté reglado y donde nos deshagamos de las prisas: si vamos como una moto todo el día, primero al cole, luego deberes, cena, ducha y a dormir, las reclamaciones emocionales del niño (cuando se expresa, cuando nos demanda) se convierten en momentos tensos que desoímos y que a veces incluso censuramos. Entonces, antes de nada, debe haber espacio para el juego libre, para canciones, para cuentos, para en definitiva estar juntos. No tienen que ser grandes actividades, ni ocio programado al milímetro, sino simplemente, estar ahí. Esto que para muchos puede sonar a quimera, es relativamente sencillo: simplemente, bloquea un hueco como si tuvieras un compromiso ineludible: sacrifica el gimnasio yendo a primera hora de la mañana, o considera este espacio antes de inscribir a tu hijo/a en muchas extraescolares. Notarás la diferencia rápidamente.
  4. Calma: otro requisito básico. Para poder conectar, validar sus emociones, y dar al niño esa sensación de protección, debemos hacerlo siempre desde la calma. Algunas de las demandas del niño (llantos, rabietas, pedir algo que desee insistentemente) serán exigentes para ti. Por lo tanto, no tiene sentido que enfoquemos el apego simplemente como algo orientado a los “momentos buenos”. El amor incondicional del que hablábamos tiene que ser precisamente eso, incondicional. En ese ejercicio de empatía que comentábamos en el punto 2, tienes que ser consciente de que el cerebro del niño está en desarrollo, y que ahora mismo, no es capaz de controlar sus emociones ni de autorregular su conducta. Ni siquiera los adultos son capaces el 100% del tiempo, así que, ¿por qué se lo exigimos a los niños? Cuanto más inquieto se encuentre, más irascible, o más demandante, precisamente es cuando mayor esfuerzo tenemos que hacer para mantener la calma. Nosotros (sus padres, sus figuras de apego) somos quienes vamos a ejercer ese papel regulador, de devolverlo a la calma, hasta que el niño sea capaz en el futuro. Y eso no está en absoluto reñido con los límites, las normas, o eso que llamamos “disciplina”. Uno de los errores más frecuentes que cometemos (como os decía en los ejemplo de no coger en brazos a un bebé) es confundir el apego con la sobreprotección.
  5. No te obsesiones: hay mil y una recomendaciones sobre crianza hoy en día, y eso, en principio es bueno. Tener información nos dota de más capacidad para tomar mejores decisiones. Sin embargo, a veces vemos que más que información, hay “trincheras” o ideologías en cuanto a crianza y educación. A veces vemos a madres y padres ansiosos, preguntarnos si lo están haciendo bien, o ¿Si le cojo en brazos se malacostumbrará? ¿Es malo que duerma conmigo? ¿Puede no tener el mismo vínculo conmigo si le doy biberón lactancia materna? A veces parece que se transmite la idea de que hay que hacer las cosas de una determinada manera, para conseguir un apego seguro. Como si fuese una ecuación matemática, y solo hubiese una forma de hacerlo “bien”. Y los defensores de cada práctica, sea la que sea (a favor o en contra del colecho, por ejemplo) parecen aducir que si no haces las cosas como te dicen, te expones a que tu hijo no tenga un apego seguro, desarrolle trastornos, y otras catástrofes. Como hemos visto, el asunto es más complejo. Hay recomendaciones útiles, como por ejemplo, exponerle a otras figuras de apego (abuelos, tíos, etc.), y otros relacionados con los límites y la seguridad, por ejemplo, el ir dejando que explore de forma autónoma su entorno, limitando nuestros apoyos en función de su momento de desarrollo. Pero independientemente, el apego no es el resultado de una ecuación: el niño responderá a nuestro cariño, se sentirá protegido y querido, si estamos con él, lo acunamos, le damos besos, mimos, y lo protegemos, independientemente de matices y aspectos muy concretos que no marcan la diferencia.

Desde luego, cada decisión que tomas en relación a tus hijos es importante, y hay áreas donde puedes sopesar cada opción con detenimiento, informándote de mano de profesionales. Pero desde luego, a nivel profesional, hay una gran diferencia entre hablar de los beneficios de la lactancia materna, a culpabilizar a una madre, o catastrofizar con que no habrá vínculo entre ella y su bebé. Esto, simplemente, no es cierto.

Esperamos que todos estos consejos os resulten útiles y sobre todo, que los pongáis en práctica. Nos vemos en la próxima entrada del blog con más Psicología. ¡Un saludo!

Psicólogo sanitario. Máster en práctica clínica y en Psicología Jurídica y peritaje psicológico forense. Soy terapeuta, por formación y por vocación. Mi trabajo es proporcionar herramientas para ayudar a las personas en los procesos de adaptación y de cambio, ayudándoles a superar las dificultades y a resolver con éxito sus problemas. Me apasiona ver los cambios que consiguen las personas en consulta, y soy un firme convencido de que la terapia, aunque es un arte, debe ser científica.