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Acepta tu cuerpo

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Hoy en día, todos nos vemos sometidos a un sinfín de estímulos que nos presionan para lograr alcanzar unas ciertas expectativas: cuando hablamos de cánones de belleza, nos referimos precisamente a las imágenes que desde la publicidad, la televisión y las redes sociales, vemos día a día y con las que inevitablemente nos comparamos.

Estas imágenes a menudo son irreales, y son el resultado de condiciones muy concretas, pero tendemos a asimilarlas como objetivos plausibles que debemos alcanzar.

A partir de estas fechas, es común que muchas personas comiencen a fijarse como objetivo la pérdida de peso, o la mejora de la composición corporal de cara al verano, con el fin de tener un cuerpo de playa.

En general, como decimos siempre, no tiene nada de malo fijarse objetivos y esforzarse por conseguirlos; de hecho, la autocompetencia, que es precisamente esta habilidad de fijarnos objetivos y alcanzarlos, nos reporta grandes alegrías para nuestra autoestima: nos hace sentir competentes, eficaces, y nos da confianza en nosotros mismos.

Sin embargo, ¿qué pasa cuando el perseguir ese objetivo, en lugar de hacernos felices, nos consume y afecta a nuestro estado de ánimo? Ya hablamos en un post anterior de este tema (sobre la hiperexigencia), sin embargo, esta vez nos gustaría centrarnos en un objetivo en concreto, que no es otro que el de lograr un cambio físico.

                  Veamos cómo funciona normalmente este proceso: en primer lugar, comenzamos sintiéndonos insatisfechos. La insatisfacción con el propio cuerpo es algo extraordinariamente frecuente: la mayoría de personas no están satisfechas con su imagen corporal.

Motivados por esta insatisfacción, cometemos el primer error: fijarnos un objetivo difuso, poco estructurado, y a largo plazo. Normalmente, además, suele ser bastante exigente. Es frecuente oír tengo que perder 12 kilos, quiero ponerme en forma,  o quiero tener un cuerpo de playa.

                  Para alcanzar cualquier objetivo, tenemos que hacerlo sostenible, es decir, ser capaces de perseguirlo a largo plazo y mantener los esfuerzos que dirigidos a lograrlo en el tiempo, encajándolos con nuestra rutina y nuestro estilo de vida.

Y ahí es donde entra en juego el segundo error: embarcarnos en dietas radicales, con déficits calóricos muy agresivos, y enfocadas a perder mucho peso en muy poco tiempo. Aunque no se trate de perder peso y lo que se pretenda es otro tipo de cambio físico, en general, este es un error muy común.

Nos empeñamos en realizar cambios bruscos, a los que después, es muy difícil tener adherencia. Si restringimos demasiadas calorías, por ejemplo, es fácil que nos sintamos cansados, irascibles y aburridos. Es fácil cansarse de una dieta monótona y excesivamente restrictiva, y que por lo tanto nos genera hambre e irritabilidad.

El problema es que en muchas ocasiones entramos en un efecto yo-yo, en el cual, tras algún tiempo de restricción calórica, acabamos perdiendo el control y abandonando la dieta, comiendo en exceso. Este “exceso” nos hace sentir frustrados, y comenzamos a sufrir pensamientos negativos automáticos, normalmente de culpabilidad. «No debería haber comido tanto», «No tengo fuerza de voluntad…», etc.

Y esto nos lleva de nuevo al bucle de volver a restringir drásticamente las calorías, o a hacer más ejercicio. Esto es lo que llamamos conductas compensatorias. Es decir, las hacemos para compensar ese supuesto exceso que hemos cometido. De nuevo volvemos a una restricción que es excesiva, y que por lo tanto a largo plazo no es sostenible, y que volverá a generarnos pérdidas de control y en última instancia, otra vez culpabilidad.

Para revertir este círculo vicioso, vamos a orientarnos a algunos consejos útiles:

  • En primer lugar, piensa a largo plazo. Evita abordajes radicales, que impliquen conseguir tus objetivos a corto plazo. Normalmente, estos objetivos están más centrados en la estética que en la salud.
  • Dosifica tus esfuerzos, creando unas condiciones que sepas que puedes mantener en tu estilo de vida, para siempre. ¿Te ves incluyendo estos nuevos hábitos en tu vida? ¿Los puedes mantener? Si la respuesta es no, entonces considera hacer cambios.
  • Céntrate en el beneficio de las actividades en sí mismas, en que sean un fin, y no un medio para llegar a un objetivo. Es decir, si haces deporte, haz porque lo disfrutas, porque te hace feliz, porque te ayuda a reducir estrés, o porque mejora tu salud.
  • Evalúa tus objetivos: cuestiona si el objetivo que te has marcado es sostenible, saludable, y lo suficientemente concreto. ¿Te representa realmente lo que has elegido, o se trata de una imposición externa? ¿En qué mejoraría tu vida? ¿Por qué quieres conseguirlo?
  • Traslada tus objetivos en pequeñas acciones: operativiza, elige acciones concretas que puedas realizar en tu vida a día, y que no sean demasiado exigentes.
  • Valórate y acéptate tal y como eres: a veces, demoramos la felicidad hasta la consecución de un objetivo. Como si al alcanzarlo, y solo entonces, pudiéramos darnos por satisfechos. Y en realidad, no es así. Refúerzate y date a ti mismo/a el mensaje de que ya eres suficientemente delgado, musculoso, guapa, o cualquier otra cosa.
  • Céntrate en pocos aspectos: ubica el 20% de factores que logran el 80% del cambio, y concéntrate solo en manejarlos bien. En ocasiones, tenemos un sinfín de información a nuestro alcance en la Red, y nos confundimos leyendo un montón de opiniones, consejos, y recetas del éxito que nos abruman.

Como hemos dicho antes, perseguir un objetivo de mejora personal nos aporta innumerables beneficios, pero en algunos casos, como por ejemplo en el aspecto físico, es frecuente que veamos a personas que mientras persiguen este objetivo, se sienten desmotivadas, fatigadas, o culpables.

Así que ya sabes, si este es tu caso, cambia de enfoque y empieza a aceptar tu cuerpo, y a buscar los cambios de mejora de forma más saludable. Te sentirás mejor, física y psicológicamente. Ya sabes, mens sana in corpore sano!