Loading...

¿Somos esclavos de nuestros objetivos?

Home / Adultos / ¿Somos esclavos de nuestros objetivos?

Hemos hablado en ocasiones anteriores del autocuidado, es decir, de todas las actitudes y conductas que podemos introducir en nuestro día a día para mejorar nuestra salud psicológica, prevenir la aparición de sobrecargas, somatizaciones, minimizar el impacto del estrés, y en general, gozar de un estado de ánimo adecuado.

Otra de las fuentes de bienestar con las que podemos lograr este estado óptimo, es a través de nuestra autocompentencia, es decir, la capacidad para fijarnos objetivos, y conseguirlos.

¿Quién no ha sentido la satisfacción del “deber cumplido”? Al salir de un examen, después de una reunión importante, o al acabar de hacer una tarea que llevábamos tiempo demorando… Pero no solo respecto al trabajo o las obligaciones, sino que en muchas ocasiones, nos fijamos objetivos y ambiciones personales que nos satisfacen a medida que los conseguimos.

Esto es genial para nuestra salud cuando nuestros objetivos son:

  1. Proporcionados: es decir, no son objetivos demasiado exigentes, respecto a lo que queremos conseguir, o respecto a cómo o en cuánto tiempo queremos conseguirlo.
  2. Flexibles: no son imposiciones ni “condenas”, es decir, no pasa nada si los posponemos o bajamos el ritmo durante un determinado momento porque tenemos que atender otras cosas.
  3. Acordes con tus valores: es decir, elegidos por ti y que van relacionados con tu forma de pensar, alineados con lo que quieres, y no impuestos por otras personas o por convenciones sociales.

Pero obviamente, cuando nuestros objetivos son rígidos, son excesivamente exigentes, y no son acordes con nuestros valores, empezamos a experimentar malestar, y a sentirnos frustrados, cansados, y anímicamente decaídos.

Entramos en una inercia en la cual, estamos con el piloto automático encendido, y simplemente, pasamos de una actividad a otra sin preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos. Simplemente, es “lo que toca”.

Nos referimos por ejemplo a situaciones en las cuales, nos hemos olvidado de incorporar objetivos relevantes para nosotros, o metas ilusionantes, y comenzamos a experimentar hastío o aburrimiento. Por ejemplo, continuar en un trabajo que no es creativo, que es rutinario y en el que no se trabaja en equipo, cuando mi trabajo ideal sería un trabajo creativo que se desarrollase en equipo.

También es un problema que nuestros objetivos sean demasiado exigentes, y excesivamente rígidos: por ejemplo, las metas a nivel deportivo o alimenticio a menudo adolecen de este defecto. No realizamos ejercicio para sentirnos mejor, o para disfrutar de ese momento, sino que a menudo lo hacemos con la mente puesta en un objetivo lejano y difuso: por ejemplo, tener un cuerpo de playa, o adelgazar unos cuantos kilos.

¿Cuál es el antídoto contra esta mentalidad? Pues muy resumidamente, que las actividades que hacemos sean un fin en sí mismas. Es decir, hacerlas porque las disfrutamos, y no porque queramos alcanzar ningún objetivo en concreto. Disfrutar de lo que hacemos, además, hace mucho más probable que alcancemos nuestros objetivos y que no abandonemos, vacunándonos contra el pensamiento rígido de que debo hacerlo. Pero, ¿cómo aplicarse esta vacuna? Vamos a verlo:

  1. Examina tus valores: revisa qué te interesa y qué te hace feliz, en lugar de qué quieres conseguir. La felicidad tras conseguir un objetivo es breve, sin embargo, la de vivir acorde a tus valores, es sostenida.
  2. Traduce tus metas en acciones: no te impongas objetivos idealizados ni a largo plazo, sino que en su lugar, planifica pequeñas acciones que sean concretas y sencillas, y fáciles de lograr. Mejorarás tu adherencia.
  3. Evita presiones externas: pon límites, y no te dejes llevar por la corriente; es decir, no incorpores actividades a tu vida que no te llevan a vivir de la forma que tú quieres.

Una de las grandes fuentes de malestar de nuestros días, es precisamente la sensación de que lo tenemos todo, y sin embargo, no somos felices. Si asociamos la felicidad con objetivos, es muy posible que no nos sintamos felices. Por ejemplo, pongamos que asocio la felicidad con mi meta de ascender en el trabajo, y lograr un puesto superior, porque esto supondría más dinero, más prestigio, y mejores condiciones de vida en general.

Pero, ¿y si una vez que lo consigo, además de todas esas ventajas, comienzo a tener largas jornadas de trabajo que me impiden conciliar mi vida familiar? Si mis valores familiares son importantes, y una prioridad para mí es pasar tiempo en casa con mis hijos-as, es normal que experimente malestar y frustración.

Quizá, en este caso, disfrutaría más de una posición menos acomodada, pero que me permitiese tener más tiempo para vivir acorde a lo que quiero. Por lo tanto, a veces no disfrutamos de esa anhelada sensación de “felicidad”, porque la hemos asociado a una falsa premisa que, en realidad, no nos hace felices.

Esperamos que esta reflexión os sea de utilidad. ¡Hasta la semana que viene!