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¿Qué sabemos del riesgo de psicosis en adolescentes?

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Las personas presentamos cambios de conducta a lo largo de la vida de manera reactiva o adaptativa a las circunstancias que nos rodean. Estos cambios se entienden como apropiados cuando no suponen una disfunción en las áreas personal, social, laboral o académica del sujeto. Cuando no es así, los cambios de comportamiento pueden ser una manifestación de algún desajuste tanto físico como mental.

En la adolescencia, una de las principales etapas de transición que atravesamos a lo largo de la vida, asumimos como “normales” ciertos cambios de comportamiento. Estos cambios incluyen desde aparición de conductas inapropiadas o de riesgo, hasta cambios a nivel emocional o en la forma de relacionarse con familia y  amigos, pasando por modificaciones en el rendimiento a cualquier nivel. En la mayoría de casos, estos cambios tienen un curso evolutivo favorable y son necesarios para terminar de conformar la personalidad y favorecer el proceso de madurez del individuo, por lo que se aceptan como parte del proceso de desarrollo normal. Sin embargo, en ocasiones, pueden tener una consideración patológica.

Diversos grupos de trabajo en el ámbito de la salud mental, especialmente relacionados con los primeros episodios psicóticos, han defendido la existencia de los Estados Mentales de Alto Riesgo (EMAR). Se trata de estados considerados de riesgo de transición a psicosis posterior, y se caracterizan por una desviación del funcionamiento emocional, cognitivo, conductual o social, así como por la presencia de pródromos inespecíficos. Actualmente se han establecido tres subtipos de EMAR: 1) con presencia de síntomas psicóticos atenuados o subumbrales, 2) con historia de síntomas psicóticos breves y limitados y 3) con historia familiar positiva de psicosis y disminución persistente del estado funcional previo.

La detección precoz y seguimiento de estos pacientes, nos permite tratar de acortar la duración de enfermedad no tratada, ya que una parte importante de la posible discapacidad asociada a los trastornos psicóticos se establece y acumula en esta fase de la enfermedad, que puede durar hasta 5 años. El objetivo pues, sería evitar, demorar o minimizar el riesgo de transición a psicosis, por una parte tratando los síntomas presentes y por otra, intentando reducir el riesgo de empeoramiento o los factores y conductas de riesgo asociados.

Mientras que las enfermedades médicas cuentan con gran visibilidad a la hora de elaborar y difundir en cualquier ámbito campañas o estrategias de prevención y detección precoz, no ocurre lo mismo con las enfermedades mentales. El estigma, el miedo y el desconocimiento, hacen que en más ocasiones de las deseables, los psiquiatras nos enfrentemos a cuadros que se hubieran beneficiado de una intervención en fases más tempranas.

Lejos de pretender alarmar, o de psiquiatrizar lo que se consideran conductas adolescentes normales, sí me gustaría romper las barreras que separan a la población de los profesionales de la salud mental. De la misma manera que acudimos al pediatra o al médico de cabecera para preguntar por sensaciones corporales o síntomas que en muchas ocasiones no tienen significación patológica pero nos preocupan, y nos “quedamos más tranquilos” cuando nos descartan una enfermedad o nos orientan en el tratamiento o manejo de la misma, podemos dirigirnos a preguntar a los profesionales de salud mental sobre cambios en la conducta o emociones de un adolescente. En la mayoría de casos, todo formará parte del mencionado proceso de crecimiento y madurez, de transición a la edad adulta, pero en ocasiones, puede existir una situación de riesgo, y como en cualquier otro ámbito, una intervención temprana mejora el pronóstico de la enfermedad.