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El mito de que la gente no cambia

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Yo soy así, no puedo cambiar, es mi carácter… ¿Quién no ha oído alguna vez una de estas frases? Normalmente, para justificar una determinada conducta. Quizá se lo has oído a un amigo que tiene un carácter muy fuerte y que tiende a discutir, o te lo ha dicho tu pareja, que es muy desordenada o que siempre llega tarde.

Pero, ¿hay algo de verdad en esto de que la gente no cambia? La respuesta corta: no. Es un cuento, una excusa, una forma de escudarse bajo la premisa de que la personalidad es algo inmutable, y por lo tanto hemos de aceptar como normales estas conductas, y resignarnos a que esta persona continuará siendo así para siempre.

La respuesta larga la vamos a ver a continuación. Los estudios nos indican que la personalidad no es un rasgo tan estable como pensábamos, sino que la conducta de las personas varía notablemente cuando cambian sus circunstancias, o el contexto en el que se desarrollan.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de personalidad? Pues básicamente, a la forma en que percibimos e interpretamos el mundo, así como a la tendencia de comportamiento con que reaccionamos para relacionarnos con la realidad.

Ahora que sabemos lo que es la personalidad, nos podemos preguntar si efectivamente podemos cambiarla. ¿Puedo cambiar mi forma de ver el mundo? Sí.  puedo cambiar lo que pienso? Sí. ¿Puedo cambiar cómo me siento? Sí. ¿Puedo cambiar lo que hago? Sí.

Entonces, si cambio mi forma de pensar, de actuar y de reaccionar emocionalmente a lo que me sucede, ¿no estoy cambiando mi forma de ser?

Esto es lo que hacemos en consulta los psicólogos, ni más ni menos. No se trata de un cambio abstracto, ni tampoco de dejar de ser la persona que eres. Una de las barreras más frecuentes para no comenzar un cambio, además de la creencia de que la personalidad es inmutable, es la de pensar que si voy a un psicólogo, dejaré de ser quien soy, o no seré el mismo.

Como decimos siempre, un profesional de la salud actúa en base a un criterio de interferencia: no nos interesa ‘cambiar’ a una persona porque sea impulsiva, o a otra porque sea introvertida, porque estas características de su personalidad la definen, y en última instancia, la hacen quien es, y no tienen nada de malo.

Pero cuando una de nuestras características de personalidad entra en conflicto con los demás, y nos hace sufrir a nosotros o a los que nos rodean, entonces es el momento de aprender a canalizarlas de otra manera, para que no nos pasen factura.

Por ejemplo: en el caso de una persona con impulsividad, que tiene mucho pronto y que tiende a discutir con los que le rodean:

-Puede aprender a identificar pensamientos que anticipan las explosiones de ira (“esto no es justo”, “así no hay manera”, “siempre me toca a mí”…) y a sustituirlos por otros que no le generen tanto malestar.

-Entrenar su capacidad para relajarse, fisiológicamente, y mejorar su autocontrol ante situaciones estresantes o difíciles.

-Entrenar sus habilidades sociales para expresar lo que le molesta de forma más asertiva, sin callarse, pero tampoco explotando.

-Y finalmente, exponerse poco a poco a utilizar sus nuevas habilidades en situaciones complicadas, o ante las que solía reaccionar de forma agresiva, para asegurarse de que en el futuro el problema no se repita.

Supongamos que esta persona hace este proceso terapéutico durante unas cuantas sesiones con un psicólogo: ¿ha cambiado su personalidad? Sigue siendo la misma persona, pero ahora tiene más capacidad para anticipar las situaciones que antes le hacían reaccionar de forma explosiva, y es capaz de controlarlo y reaccionar de una forma más sana, para él y para los que le rodean.

Y como en este ejemplo, en muchos otros casos, ya hablemos de timidez, de problemas de pareja, o de muchas otras áreas en las que a veces, nos enquistamos y repetimos eso de yo soy así, para no forzarnos a cambiar.

El cambio no solo es posible, sino que hay multitud de técnicas avaladas por la ciencia que lo garantizan. Simplemente, has de dar el paso y esforzarte. Exacto, esforzarte, otra de las barreras que muchas veces nos hacen repetir una y otra vez las mismas conductas que nos están causando problemas.

De la misma forma que necesitamos un nutricionista para cambiar nuestros hábitos alimenticios, muchas veces necesitamos un profesional de la psicología para cambiar nuestros hábitos conductuales, es decir, lo que hacemos. No podemos hacerlo solos, sino que necesitamos supervisión a lo largo del proceso, y pautas claras de cómo empezar a cambiar.

Una de las frases que escuchamos más menudo los psicólogos cuando finalmente se da el cambio es ojalá lo hubiera hecho antes. Mitos como el de que la gente no puede cambiar frenan el cambio, y hacen que tardemos más en decidirnos a dar el paso, así que esperamos haber contribuido con el artículo de hoy a desmontar esta falsa creencia.

Esperamos que esta reflexión os haya sido de utilidad, ¡hasta la semana que viene!