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Acoso escolar

El acoso escolar son todas aquellas conductas violentas o de hostigamiento que un menor lleve a cabo sobre otro. Para que hablemos de acoso escolar, estas conductas deben ser sistemáticas, recurrentes y con un desequilibrio de poder entre el acosador y su víctima. Por ello, es importante que lo diferenciemos de los conflictos o de los problemas de convivencia. Sin embargo, si sospechamos que nuestro hijo/a puede estar sufriendo acoso, es fundamental que le facilitemos toda la ayuda a nuestro alcance. En esta situación, un psicólogo con experiencia en acoso escolar ayudará a gestionar el impacto del acoso escolar sobre el estado de ánimo y la autoestima, te asesorará y se comunicará con el centro educativo para dar pautas y herramientas que prevengan y solucionen el problema, y diseñará un plan de tratamiento que englobe no solo a la víctima, sino a todos los implicados, tanto a quien ejerce el acoso como a los que son espectadores pasivos del mismo. En este sentido son esenciales del mismo modo las pautas a los padres, dado que ejercen de modelos y su reacción e intervención tiene una enorme influencia sobre el niño.

Existen numerosos síntomas que pueden dar la voz de alarma de que se está produciendo una situación de acoso: las más frecuentes son signos de bajo estado de ánimo, llanto, irritabilidad, falta de apetito, ansiedad a la hora de acudir al centro, bajo rendimiento escolar, pérdida de actividades agradables. La detección del acoso escolar no siempre es sencilla, ya que los niños temen contarlo en ocasiones, por temor o por vergüenza. Esto cronifica las consecuencias del acoso, ya que produce más aislamiento, por lo que es esencial que las figuras de apego, padres y profesores, estén pendientes a este tipo de signos para detectar cuanto antes las situaciones de acoso. Una vez detectado, se debe proceder a intervenir tanto individualmente con el niño afectado, como con su aula en el propio centro educativo: por un lado para reducir las secuelas y el impacto traumático del acoso, y restablecer el estado de ánimo y la autoestima del menor, y por otro lado, para cambiar la dinámica de acoso en clase y favorecer que todos los actores implicados cambien de conducta, especialmente, como decíamos, de los otros niños que actúan como espectadores que observan el problema.